LA PRUEBA DEL CORSÉ

La Rioja Tierra AbiertaNota de prensa

El corsé que salvó la vida a Isabel II

La pieza expuesta en La Rioja Tierra Abierta rememora el intento de regicidio contra Isabel II

CORSÉ DE ISABEL II. 1850. LINO, ALGODÓN, BARBAS DE BALLENA Y METAL.
CEDIDO POR EL MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL. MADRID.
EXHIBIDO EN EL NUEVO CINEMA (PASEO DE LA CONSTITUCIÓN 40, ARNEDO).

Veintidós años antes… María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, cuarta esposa de Fernando VII, había alumbrado al primer descendiente del Rey: una niña. Al nacer en tiempos regulados por la Ley Sálica, el insigne progenitor promulgó la Pragmática Sanción antes de fallecer, tres años más tarde, para que su hija pudiese heredar el gobierno de España. El hermano del Rey, Carlos María Isidro de Borbón, soliviantado por esta decisión y por el rechazo de su sobrina a una boda con su propio hijo (primo de ella, por tanto), desencadenó la confrontación. Florecieron entonces las guerras carlistas y brotó la sangre.

Seis años antes… A la Reina le habían impuesto matrimonio con su primo hermano Francisco de Asís de Borbón, duque de Cádiz. La unión resultó en fracaso anunciado. Ni siquiera la mediación del papa Pío IX redujo un distanciamiento conyugal que fue creciendo irremediablemente, así como la lista de concubinatos palaciegos. A ella se le reconocieron relaciones con generales (Serrano, el ‘bonito’), artistas (el cantante José Mirall y el maestro Emiliano Arrieta) y nobles (Manuel Lorenzo de Acuña, marqués de Bedmar), entre otros; a él, un amigo íntimo (Antonio Ramón Meneses).

Cinco años antes… Su Majestad había coqueteado con la fatalidad junto a la Puerta del Sol de Madrid, cuando un abogado y periodista gallego, Ángel de la Riva, disparó dos veces contra su existencia. Acompañada por su suegro y su cuñada en un coche descubierto, Isabel no encajó ningún balazo. Las pesquisas de la Policía concluyeron en la detención del pistolero, inicialmente sentenciado a muerte; condenado después a veinte años en prisión; y, dos más tarde, indultado.

Un mes y medio antes… Había nacido su hija Isabel. Fue el tercer parto de la Reina, que había perdido previamente a dos hijos y redundaría en alumbramientos de aquí en adelante. La niña fue conocida popularmente como la Chata o la Araneja, haciendo referencia este último apodo a sus verdaderos genes, dispensados por el capitán José María Arana, otro de los queridos ilustres de la soberana.

Lunes, 2 de febrero de 1852… Pasado un cuarto de la una, Isabel II abandonaba la Capilla Real con la heredera en brazos para dirigirse a la basílica de Nuestra Señora de Atocha, en Madrid, donde presentaría formalmente a la infanta. En pleno camino, un clérigo simuló entregar a la Reina unos documentos, aunque en realidad le obsequió con una sorpresiva puñalada. La comitiva real evitó una segunda cuchillada a la soberana, que cayó de espaldas contra el suelo tras el ataque. Ya en su aposento, el cirujano de Palacio, Melchor Sánchez de Toca, constató la superficialidad de las heridas. El grosor del manto y la firmeza de las (barbas de) ballenas del corsé habían aplacado el ataque.

El religioso arnedano Martín Merino fue arrestado inmediatamente y condenado a muerte por garrote vil en un juicio sumario. El cura declaró que su objetivo había sido derrocar al gobierno conservador de Narváez, cuyo régimen había fusilado, entre otros, al militar liberal progresista y paisano suyo, el vareano Martín Zurbano. Una vez ejecutado, el cuerpo de Merino fue incinerado y sus cenizas, arrojadas a una fosa común. El puñal que empleó para el regicidio fue reducido a limaduras de hierro.

La Reina se recuperó rápidamente y la misa de presentación de la Princesa de Asturias pudo celebrarse unos días después, el 18 de febrero en Atocha. Isabel II donó los vestidos que llevaba ese día, aunque el corsé permaneció guardado durante casi treinta años en el Palacio Real de Madrid. En 1871, fue donado al Museo Arqueológico Nacional por el Rey Amadeo de Saboya. Hasta el próximo 29 de octubre, descansará en Arnedo.

Regencias, transiciones, escándalos, gobiernos efímeros, guerras y revoluciones caracterizaron el reinado de Isabel II, exiliada en Francia desde 1868. En este contexto, el corsé emerge como testimonio histórico de un período convulso y, a la vez, apasionante. Esta prenda esculpía una figura femenina entendida entonces como ideal: cintura estrecha y pecho erguido, junto a faldas voluminosas y abrigos mínimos. Incómoda, pero popular, embutió las carnes de hombres y mujeres de todas las clases sociales.