¿QUIÉN FUE EL CURA MERINO?

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El corsé que salvó la vida a Isabel II

Nacido en Arnedo, fue sentenciado a muerte por garrote vil después de atentar contra la Reina Isabel II en 1852

CORSÉ DE ISABEL II. 1850. LINO, ALGODÓN, BARBAS DE BALLENA Y METAL.

CEDIDO POR EL MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL. MADRID.

EXHIBIDO EN EL NUEVO CINEMA (PASEO DE LA CONSTITUCIÓN 40, ARNEDO).

Alumbrado en Arnedo en 1789, nombrado Martín y apellidado Gómez en segunda instancia, el cura Merino creció en una familia de labradores del Valle del Cidacos y, siendo poco más que un niño, ingresó en un convento franciscano de Santo Domingo de la Calzada, donde residió hasta el estallido de la Guerra de la Independencia (1808).

Entonces, viajó al sur, donde su liberalismo lo implicó con guerrilleros, exilios y prisiones. Entre 1824 y 1841, vivió como párroco en Agens y Burdeos, antes de regresar a España como capellán en San Sebastián de Madrid.

Bienaventurado con un goloso premio de lotería, invirtió las ganancias en un negocio de prestamistas con elevado interés que le terminó originando conflictos con diversos deudores; finalmente, fue trasladado a la iglesia de San Millán, aunque allí tampoco permaneció demasiado tiempo.

Muchos lo catalogaron como un hombre arrogante, irascible y solitario, además de un culto lector. En Madrid, residió en el callejón del Infierno, sobreviviendo sin holgura como saltatumbas.

Ese lunes, 2 de febrero de 1852… Martín Merino había asistido a la iglesia de San Justo por la mañana y, después, había conseguido acceder al Palacio Real bajo el amparo de sus hábitos.

Pasaban quince minutos de la una de la tarde cuando el cura riojano se encontró de frente con Isabel II y aparentó ofrendarla con un memorial. Sorpresivamente, el hombre rescató de un bolsillo secreto de su sotana un estilete de hoja estrecha y calada, comprado en el Rastro unos años antes; y lo clavó en la parte anterior y superior del hipocondrio derecho, abriendo una herida de quince milímetros en la solemne piel de la Reina. Su ataque, no obstante, topó con la rigidez de las ballenas que armaban el corsé de la soberana.

Los alabarderos de la Guardia Real evitaron que Martín rematase el regicidio y lo detuvieron sin que éste opusiese ningún tipo de resistencia. En el primer interrogatorio, el religioso rechazó colaboración alguna en el atentado y confesó su premeditada intención de asesinar a Ramón María Narváez, presidente del Consejo de Ministros, o, en su defecto, a la regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias; finalmente, le había resultado más sencillo rebasar la seguridad de la propia Reina. Esa noche, durmió en la cárcel del Saladero, donde también se le degradó con deshonores.

Durante la tarde siguiente… El tribunal lo sentenció a muerte por garrote vil sin que Merino estuviese presente en el juicio (lo declinó). Asimismo, lo condenó a pagar las costas del juicio y a vestir una hopa y un birrete amarillos con manchas encarnadas (colores reservados para regicidas). El 5 de febrero, la audiencia de Madrid confirmó el fallo.

Dos días más tarde, a mediodía, un burro transportó al cura maniatado en dirección al Campo de Guardias, donde aguardaban el patíbulo y una gran expectación de público. En el cadalso, esperaron hasta que se cumpliese la misma hora del atentado: 13:15 horas. Cuando el verdugo le acomodó la argolla en el cuello, el condenado pidió la última palabra: “Señores, voy a decir la verdad como la he dicho toda mi vida. No voy a decir nada ofensivo contra la Reina. El acto que he preparado es un acto exclusivamente de mi voluntad y no tengo cómplices, y sépase que ninguna conspiración ha tenido connivencia ni conexión conmigo. He dicho”.

Una vez muerto, su cuerpo fue devorado por una hoguera y sus cenizas, esparcidas en una fosa común del cementerio general del norte. El puñal fue destruido, así como todos sus enseres personales, con el objetivo de borrar todo rastro de su vida.

 “He entrado solo”

Según testimonio del escribano Luis Castillo, esta es la primera declaración de Martín Merino ante las preguntas del señor Casini, ayudante de alabarderos:

¿Cómo se llama? Martín Merino Gómez, natural de Arnedo, de 63 años de edad.

¿Con qué objeto vino a Palacio? A lavar el oprobio de la humanidad, vengando la necia ignorancia de los que creen que es fidelidad aguantar la infidelidad y el perjurio de los Reyes.

Cuando se acercó a la Reina, ¿cuál fue su objeto? Lo hice con el objeto de quitarle la vida.

¿Hay otras personas en connivencia con usted? Ninguna.

¿Qué destino tiene? Soy sacerdote ordenado en 1813 y me hallo en la Corte hecho un saltamundos.

¿Qué motivos ha tenido para atentar contra la vida de S.M. la Reina? ¿Tiene algún resentimiento contra ella? No, no es nada personal.

¿Con quién ha entrado en Palacio? He entrado solo.

¿Qué arma llevaba cuando trató de matar a S.M. la Reina? Un puñal.

¿El que tiene delante? Sí.

¿Con qué objeto se hizo con este puñal y dónde se lo facilitaron? Lo compré en el Rastro, hallándolo a propósito para matar al General Narváez, la Reina o la princesa cuando fuera mayor.

¿Sabe si con su puñal ha muerto o ha herido a S.M. la Reina? Sabía que la he herido. Ignoro si morirá de la herida.

¿Dónde vive? En el Arco del Triunfo nº 2, cuarto 2º. Hace diez años que estoy en Madrid.

¿Tiene algo más que decir? No.

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